Primero hay que saber sufrir…

Y, claro: así dice el primer verso del reconocido tango Naranjo en flor que mágicamente interpretó Roberto Goyeneche y no sé si encuentro hoy una frase más acertada que ésta para definir lo que fueron los últimos minutos del partido de la Selección frente a Egipto. Creo que el primer tiempo y todo lo demás, ni me lo acuerdo. 
 
REGIÓN08/07/2026

14Escuché por ahí hace algunos meses que muchos decían que esta Copa del Mundo no se iba a vivir con la misma emoción que otros Mundiales. Y hasta creí que podían llegar a tener razón. Pero ahora que avanzan los partidos y que el alma argentina cobra vida de nuevo, en cada penal, con cada error, en cada festejo, en cada lágrima y en cada cruz que nos hacemos antes de alguna jugada definitoria, me doy cuenta de que la pasión nuestra está intacta.

 

Pase lo que pase afuera de la cancha, el argentino tiene esa pulsión de vida que va más allá de cualquier dificultad de la vida y que puede hacernos titubear un poquito el corazón. Ahora, suena el pitido del árbitro y nos late todo lo que llevamos dentro estemos donde estemos, vivamos como lo vivamos, con ganas, sin ganas, con alguna tristeza o algún dolor. El amor por la celeste y blanca traspasa la pantalla y es capaz de hacer vibrar las paredes con nuestros rezos, nuestras cábalas, nuestros pedidos al cielo y los gritos de gol.

 

Argentina-Egipto fue –desde que tengo memoria- uno de los partidos en los que más sentí latir mi corazón. Porque de los tantos convertidos por el mejor el mundo, el error en el primer penal me partió en dos y creo que condicionó a muchos (me incluyo) a transitar el resto del partido.

 

No soy periodista deportiva y no podría escribir sobre la técnica porque no manejo ni los términos ni el conocimiento para hacerlo, pero como espectadora debo decir que no sé si alguna vez me latió el corazón tan fuerte. Ante un 2 a 0 que nos marcaba un desenlace incuestionable porque el rival supo manejar muy bien el arco y la defensa, el primer acercamiento al 2 a 1 nos volvió a ilusionar. Y qué decir del 2 a 2.

 

Ahí, justitos, con el tiempo contado y el alma entre las manos, las cábalas invertidas por si no estaban funcionando bien y el argentinismo más puro que solemos sacar afuera en los partidos de fútbol. Porque ahí, adentro del campo de juego, se libran mil batallas personales y una colectiva que nos incluye y nos interpela, que nos hace reír y llorar, que nos emociona y nos convence de que tenemos a los mejores del mundo.

 

Las lágrimas del capitán fusionaron nuestra ilusión con la suya, nuestra pasión con su fortaleza, porque en cada uno de los momentos críticos en los que más lo necesitamos, Messi sacó la fuerza no sabemos de dónde e hizo una vez más lo que todos le estábamos pidiendo alrededor del mundo. La emoción de Scaloni al finalizar el segundo tiempo nos dejó en claro que la albiceleste le pone el pecho a las balas y el alma a la cancha: la embarra y la patea, la pisa y la golea, la recorre con esa simpleza que nos caracteriza frente a los ojos de un mundo que le reza a Messi y a todos los demás.

 

No veo individualismos en esta Copa del Mundo. Veo a una Selección Argentina conforme con su técnico y sobre todo, compañeros de su capitán, lejos de cualquier tipo de competencia que pudiera enfrentar a los integrantes del mismo equipo adentro o afuera de la cancha.

 

No veo inconsistencias entre las pelotas que no llegan al arco o entre los penales que se erran; entre los goles que se festejan a los gritos y entre los abrazos que recibe uno u otro, sin importar posiciones, apellidos, récords o aplausos. Acá hay equipo y eso se está viendo en cada instancia.

 

¿Que nos latió fuerte el corazón al borde del infarto? Por supuesto: imposible decir que no. Pero miren si no valió la pena. Me abracé a mi hija cuando nos miramos a los ojos en el 3 a 2 inesperado y ahí entendimos que lo que tenemos los argentinos es una pasión que supera cualquier intento de desilusión; una esperanza que trasciende pronósticos y porcentajes; una ilusión que nos mantiene invictos e intactos a pesar de los rivales que nos toquen en la cancha; y un hambre de victorias que nos muestran al mundo como un equipo que sabe lo que tiene y que más sabe cuál es la forma de demostrarlo.

 

Que aunque la cosa se ponga difícil, vamos siempre para adelante. Que aunque podamos sentir miedo o desilusión por anticipado, la camiseta se defiende hasta el último minuto y es ahí, justo ahí, donde puede marcarse la diferencia. Ayer, este 3 a 2 nos dejó con la boca abierta y con la emoción a flor de piel porque del 2022 hasta hoy, el mundo entero sabe de qué estamos hechos.

 

Y cuando Argentina pone un pie en la cancha, saben que no solo están jugando los once que hayan sido convocados, sino que detrás de ese equipo hay una hinchada superpoderosa que no los va a dejar de alentar aunque los números digan lo contrario. Los argentinos sabemos muy bien lo que cuestan los triunfos. Y acá estamos, una vez más, con un pie puesto en un nuevo nivel, con más fuerza, con más ganas y a sabiendas de que los goles son más que pelotas en el arco: es la ilusión de una cuarta copa tocándonos la espalda. ¡Allá vamos, Scaloneta! ¡Con la mejor hinchada del mundo!

 

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