
El voto del 26 desde la geopolítica (Que diría Kissinger)

Escribe: Víctor Hortel (*)
La victoria de Javier Milei en las elecciones de medio término no puede leerse solo en clave doméstica: fue una movida en una partida que Henry Kissinger, el más lúcido y oscuro estratega del siglo XX, describió como la diferencia entre el ajedrez occidental y el Go oriental.
En el ajedrez —decía Kissinger— el objetivo es el jaque mate: una victoria rápida, visible, total. En el Go, en cambio, se trata de rodear lentamente al adversario, ocupar espacio, construir influencia. En el primer juego se busca derrotar; en el segundo, dominar el tablero sin que el otro lo note.
Y eso —más allá de los discursos libertarios o los guiños de Washington— es lo que está ocurriendo con la Argentina.
China juega al Go, Estados Unidos al ajedrez.
Mientras Milei celebra su triunfo, el mapa mundial se mueve. Desde hace dos décadas, China avanza sobre América Latina con la paciencia del jugador de Go: inversión, infraestructura, comercio, tecnología.
No necesita invadir ni amenazar. Compra, construye y espera.
En la Argentina, ese avance tiene nombre y números: el 85% de la financiación de Atucha III, las represas del sur, los créditos para el Belgrano Cargas, los contratos de litio en Catamarca y Salta, la base espacial de Neuquén.
Nada improvisado. Nada urgente. Solo posiciones bien elegidas.
Estados Unidos, en cambio, juega otro juego. Su estrategia, heredera del ajedrez y de la Guerra Fría, busca el jaque inmediato: recuperar influencia, bloquear a China y reinstalar un liderazgo hemisférico.
Y ahí entra Milei.
Para Washington, el presidente argentino es una ficha útil en el intento de volver a controlar el Cono Sur.
Para China, en cambio, Milei no es un obstáculo: es una variable a rodear.
La contradicción Milei
Milei repite consignas anticomunistas, promete “no negociar con comunistas” y celebra la bendición de Donald Trump. Pero la economía argentina no se alimenta de ideología: se alimenta de exportaciones, inversiones y crédito.
Y en todos esos rubros, China es el principal socio.
Sin Pekín, no hay reservas, no hay infraestructura, no hay estabilidad cambiaria.
Así, Milei encarna la paradoja de los gobiernos periféricos que se declaran libres mientras se atan más: ideológicamente dependiente de Washington, económicamente atado a Pekín.
Esa contradicción no se resuelve con discursos ni con victorias electorales.
En el ajedrez norteamericano, el triunfo de Milei puede parecer un jaque: un gobierno aliado, un Congreso más dócil, un giro liberal.
Pero en el tablero de Go, la jugada china sigue intacta: sus posiciones económicas y tecnológicas en el país no cambian porque un jugador grite más fuerte.
El poder real —como sabía Kissinger— no está en las palabras, sino en las posiciones conquistadas.
Entre dos lógicas de poder
Kissinger advertía que la mentalidad occidental subestima la paciencia estratégica del mundo oriental. Y eso explica porqué Washington celebra lo que Pekín observa sin alarmarse.
Estados Unidos necesita gestos inmediatos: fotos, alineamientos, anuncios.
China solo necesita tiempo.
Mientras uno festeja un voto, el otro consolida un espacio.
La victoria de Milei refuerza la narrativa del “retorno americano” a la región, pero no altera los flujos de inversión ni los circuitos del litio, ni las cadenas de suministro que ya integran a la Argentina con el Pacífico.
Si algo demuestra la metáfora del Go es que el verdadero poder no siempre se ve: se acumula.
El nuevo tablero argentino
Lo que definió el 26 no fue solo una correlación de fuerzas parlamentarias, sino una orientación internacional.
Con un Congreso más afín y una oposición en recomposición, Milei intentará profundizar su alineamiento con Washington.
Pero esa alineación tendrá un límite: la economía real.
La soja, la carne, la energía y el litio siguen apuntando a Asia.
Y China, con su lógica silenciosa y envolvente, no se retira de los tableros donde ya tiene piedras firmes.
De aquí en adelante, la Argentina deberá decidir si quiere jugar al ajedrez —buscando victorias rápidas, dependientes y mediáticas— o al Go —construyendo pacientemente una soberanía que se sostenga en el tiempo.
Porque, como decía Kissinger, el verdadero poder no se ejerce desde los discursos, sino desde el lugar que cada nación ocupa en el tablero.
Y la elección del 26, aunque parezca local, fue una jugada global.
Una más, en la partida sin final entre Washington y Pekín.
(*) Abogado.


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